Ya estaba tan cansado de aguantar que decidí bajar la cabeza y
rendirme… Cual fue mi sorpresa cuando vi que todo seguía igual. Noté
alivio en el cuello por el cambio de postura, alivio que poco a poco fue
bajando por la espalda y relajando dolores que me habían acompañado
durante demasiado tiempo.
Cuando pensaba que bajar la cabeza y apartar la mirada iba a
producirme dolor, orgullo herido difícil de aguantar, lo que sentí fue
todo lo contrario: equilibrio y alivio físico.
Alivio físico que me hizo olvidar todo lo demás… tanto tiempo con la
cabeza arriba, preocupado por dar la talla ante todo lo que tenía que
venir, que se me había olvidado por qué era tan importante mantener la
mirada alta.
Tan preocupado por ver siempre las estrellas y las posibilidades, que
me había olvidado de las flores y colores que nos rodean y que pasan
entre nosotros sin que nos demos cuenta.
Y por fin descansé, el dolor de las heridas de mil batallas que
siempre me habían acompañado, dejó de estar ahí y simplemente
desapareció y el alivio fue tan grande que todo lo demás dejó de tener
sentido.
Con el tiempo sólo un pensamiento negativo me abordaba: ¿por qué no
habría bajado la cabeza antes? ¿por qué esperé hasta que el dolor fuera
casi insoportable?
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